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Ensayo sobre la vida y obra de Agustín Yáñez.

Remitente Anónimo: Novelar sobre un Esteta Evasivo

La historia es una ficción complaciente, y si a veces lacerante, no lo es por excepción, sino precisamente como el resultado de esa disonancia amarga que consiste en el descubrimiento de la revelación como un deterioro, de la fantasía como un eufemismo deseable, políticamente correcto. Una mentira se califica con una escala por completo subjetiva: a veces es una verdad exacerbada. La sutileza de los cambios demanda que sean paulatinos, graduales. Como todo en la naturaleza, cualquier acercamiento resulta escandaloso si es demasiado acelerado. La novela, en cambio, es una realidad evasiva, mucho más maleable y, por tanto, menos acotada, más libre y con ello más esquiva al podio doctrinario. Se exige la suficiente celeridad para presionar su flexibilidad, construir un clímax y contra-clímax (con la debida disculpa a la forma tradicional de la narrativa, que, por lo visto, tampoco Yáñez respetó). Quien escribe de la historia es un novelista cauteloso; quien novela es un historiador aventurero.

Resulta curioso que Clío sea tratada con mayor deferencia académica siendo lo arbitrarios que pueden ser los sesgos que toma. En su vanidosa lógica sí existen los matices y, sin embargo, está llena de absolutos. Caer en la extrema simplificación es la perenne amenaza de quienes vemos la vida en retrospectiva. Con una memoria tan corta es preferible inmolar el contexto, así que Porfirio Díaz o fue un santo o fue un demonio. No hay aventura, ni descubrimiento, sólo bandos opuestos, consensos, mayor cantidad de pruebas o, en el mejor de los casos, menor calidad en las acusaciones. En matemáticas una fórmula no es digna de desprecio, representa horas de riguroso análisis, es la simplificación de un ejercicio particular. Sacrificio que la novela no está dispuesta a tomar. Lo importante del juicio no es la sentencia, sino el alegato, el proceso mismo de la defensa y la acusación, una batalla que se desarrolla en el tiempo novelístico, siempre presente. Siddharta busca la verdad y no la encuentra. Debe mirar atrás; la verdad está en cada uno de los pasos que ha seguido en su camino, es el camino mismo. El absoluto es un privilegio de quien ya sabe las posiciones de antemano, o de quien quiere así establecerlas, y que desdeña la parte más importante: la curiosidad de saber si nuestro héroe morirá en el siguiente capítulo o no, y que sólo podemos saberlo una página a la vez. Eso mismo lo sabía don Agustín Yáñez.

Yáñez no es un escritor 'realista' ni en la forma ni en el fondo, en el sentido tradicional de los novelistas de la Revolución Mexicana, su lenguaje no es llano ni crudo ni tampoco intrépidamente comprometido. Es, más bien, un retratista con fundamentos estéticos muy sofisticados, elegante, intercalando una cadencia poética en su obra, pero, en rigor, estableciendo una distancia intelectual definida con su temática. Está comprometido, sí, con las implicaciones artísticas y académicas de su trabajo, y por ello, está comprometido con lo que retrata pero, en rigor, su arte no sirve a su temática: es la temática la que se eleva a través de su obra y adquiere otras dimensiones. Se convierte en un poderoso aval, y su opinión impregna también su autoridad. Pienso en Toulouse-Lautrec que no era, moralmente, un apóstata, pero en sus lienzos las antes 'peregrinas y más cuestionables' manifestaciones sexuales son ahora símbolo de culto. Una extravagancia no exenta de cierta comicidad.

Picasso cotiza en dólares. Es una cuestión caprichosa que también tiene que ver con el tiempo. Vivir muy poco no sólo genera una memoria muy corta, sino que incrementa las posibilidades de aburrirse rápidamente. Nada puede ser eterno, salvo lo atemporal -y no es jugar con la retórica, es un hecho indiscutible e íntimo de los extremos como la nada y el infinito. Solo así podríamos explicar por qué Yáñez escapa a toda definición, por qué es tan inasible, por qué apenas podemos intuirlo y lejos de acapararlo, genera atención. Pero no todo en la modernidad es superfluo. Agustín Yáñez, secretario de Educación Pública, firma en enero de 1968 un acuerdo que incluye el sistema telesecundaria dentro del Sistema Educativo Nacional.

Su extensa obra, que difícilmente puede circunscribirse a un solo estilo, es, en lo referente al martirio interior y exterior de sus personajes, muy descriptiva: obedece a esa percepción sensible rayana en la experiencia espiritual, lo cual lo convierte en un hábil ambientador. Si consideramos la manera de presentar lo mundano de una manera surrealista, tiene razón quien lo compara con Balzac, pero dado el enfoque más particular que toma Agustín Yáñez (el campo, la provincia), es más prudente considerarlo la verosímil contraparte de José Revueltas -literariamente soslayado por años, pues ambos son, en esencia, obscuros; fieles en lo tocante a una religiosidad agobiante, o bien la no menos agobiante falta de ésta; inquisitivos en la desgarradora convulsión de los retratados ante la incierta fatalidad del destino. Revueltas es también un espejo de la sociedad pero sus trazos se inclinan más por la experiencia visual, cinematográfica. Revueltas describe una escena, manejando hábilmente luz y sombra, destacando el primer plano por contraposición al segundo y tercero, y luego un fade out en el que conjuga imagen y texto. Así sucede con Yáñez, pero a la inversa: suya es la orquestación de lo que precisamente no se ve en el cuadro.

Una imagen dice más que mil palabras... y sugiere otro millón más. Lo saben los cineastas, los pintores, los escenógrafos, los maquillistas y, por supuesto, los escritores. Una sonrisa a medio esbozar es una exageración válida, pero no deja de ser un consenso más o menos arbitrario. A mí nunca me ha parecido que la Gioconda sonría. No puedo subirme en el barco de la 'enigmática sonrisa' porque, para empezar, los profanos como yo no la vemos en primera instancia, pero ahí reside el meollo del asunto: debe existir, por eso la buscamos. El "Origen de las Especies" no es, ni de lejos, una obra subversiva. Si bien su lectura puede resultar aburrida hoy en día, la potencia en lo descrito se encuentra no en lo que resalta, sino en lo que oculta o lo que sugiere, y lo que en su momento desafió. El gran drama histórico que envuelve a Yáñez y a las circunstancias de su origen y sus años de vida adolescente es precisamente aquel que evadió convenientemente: La Rebelión Cristera. ¡Ay, Yahualica de mis amores / si te vuelves en Clamores / ora soy tu campesino / cacique soy de tus colores! Ninguna obra suya posee más que comentarios marginales sobre el asunto; él, cuya familia era originaria de Los Altos, que escribió sobre la eucaristía, cuyos amigos fueron fusilados incluso. él, que fue historiador, nos dejó la incógnita de sus impresiones sobre un asunto en el cual él poseía material de primera mano. Tal era la política entonces.

No debe extrañarnos, por tanto, la destreza del jalisciense para moverse entre líneas, para sugerir sin ser explícito -no en balde fue un político toda su vida. De ahí que resulte tan atractiva su producción literaria como ejercicio autobiográfico: Yáñez fue en su temprana juventud fichado como socialista y 'cristero', un lastre muy incómodo para quien después fuera Gobernador de Jalisco, Miembro del Colegio Nacional, Consejero de la Presidencia con Adolfo López Mateos, Secretario de Educación Pública con Gustavo Díaz Ordaz y Presidente de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, entre otros cargos. La observación de que un condenado es el más implacable juez, resulta entonces pertinente. En Santa Anna: espectro de una sociedad vemos el carácter dual, heterogéneo, de su trabajo: a su introspección personal interpuso introspección colectiva, el personaje en condicionamiento operante y perpetuo. No pretende ser un juicio sumario, y está muy lejos de ser una apología, pero el tema se antoja todavía escabroso, comprometido. La culpa recae en una abstracción: él y la sociedad. Pero entonces no existe crimen, porque no constituyó un atentado en contra de la regla; la regla era también marchita. No hubo ofensa social, sólo eco... y silencio. Claro, el libro no salió a la luz sino después de 1980. Pero ya que lo pensamos, ¿no era lo mismo escribir sobre la cristiada también? ¿Qué frontera no demarcada señala el fin de lo público y lo enteramente personal? ¿Por qué, Agustín, no reservaste nunca una sorpresa póstuma, un celoso apunte extraviado o las pistas para seguirlo? La mirada lúcida y aguda de quien descubre es también la misma capacidad para ocultar, como en su caso, sus actividades previas a 1929. La biografía es un arte voluptuoso porque no alimenta más de lo que desea ser alimentado y Yáñez, que no puede ser, como nadie, ajeno a su propia pluma, reclama también una biografía.

Más allá del erudito interés de ciertos norteamericanos, entre los que podemos destacar John S. Brushwood (México en su novela (1973), La Barbarie Elegante (1988)), Agustín Yáñez se encuentra sólo como referencia literaria o como un artículo exótico en alguna revista extranjera que trate sobre el tema. En The Mexican Novel Comes of Age (1971), una compilación de articulistas sobre narrativa mexicana, un apartado es por sí mismo elocuente, "Agustín Yáñez: el salto cuántico para la novela mexicana", en el cual Walter Langford reconoce en Yáñez a un autor adelantado a su tiempo. Y de nuevo, la biografía, el hombre, sobre todo de parte de sus compatriotas, ¿dónde quedó? Yáñez no es un tema de snobs de café, hábiles paleontólogos de biblioteca. Para retratarlo con justicia hace falta rebasar esa limitación que otorga la etiqueta de mera curiosidad académica, es decir, hace falta incorporarlo al debate personal, estudiarlo desde el punto de vista humano, imperfecto, voluble y, con razón, contradictorio. Sólo ahí la biografía superara el estatismo de querer presentar figuras intocables, inmaculadas, aisladas de todo contexto.

Material no hace falta, el propio personaje, envuelto en un aura demasiado institucional, engañosamente acartonada, invita a un acercamiento menos sobrio. Está inscrito y escrito su conflicto por sus propias palabras. Elegante por orientación pero sin pudor en su implicación, dispar a la vez que busca un equilibrio, conciliar las dualidades que representaron -y siguen representando- la marca indistinta de su legado literario: vida y muerte, sensualidad y parquedad, religiosidad en sus extremos más obscuros y también los más luminosos, revuelta y disciplina, impersonalidad y protagonismo. Bartolomé y Santa Anna conviven. ¿De qué conversarán? ¿Es insalvable la aporía? Apenas puedo imaginar un diálogo tal. "Nadie puede robar la bandera de Dios, pues ninguna aspiración humana abarca semejante vastedad, pero nada hay de malo en actuar en conformidad con su palabra. Ocurrióseles a los hombres extraviados, que en esto pecan de falsa iluminación, que bien valía morir y matar por nuestro señor, siendo que su mensaje es la concordia universal, y ya vémosles haciendo pagar también a justos cual pecadores. Los yerros, destos algo, es común en los hombres de criterio, poco importan para el evangelio pues mayor virtud posee quien a tiempo los enmienda. Vuestra merced sin duda no podéis estar en desacuerdo", "Tarde viene a suspicacias, don Bartolomé. La inspirada marcha de algunos hombres impide el lujo de sentarse a meditar sobre sus actos, pues si correspondiera a todos sopesar los riesgos de sus empresas hace mucho que la historia hubiera sufrido una parálisis. En el lecho de muerte se arrepiente uno más de lo que no ha hecho que de lo que pudo hacer. Que cambié, si bien es cierto, muchas veces de égida, más el tiempo, que es tirano, viene a mal las camisetas", "Son los ideales la cúspide de la conciencia, don Antonio, por todos los caminos se puede llegar a la cima, por supuesto, caminando, pero también vale la pena escoger, y si Agustín, aunque un político, estuvo comprometido con la enseñanza. Fue su aportación más elevada", "La teoría, debes saber, no concuerda con la práctica. Se admira, hasta en las letras, al hombre de acción. Si caer es un pecado, lo es más el no haberse atrevido a empezar a andar, por temor a resbalar. ¡Levantarse, si se cae una y otra y otra vez!", "¿Qué idearios son entonces, los que os deben guiar el corazón de un hombre tal?", "Sólo uno, buen señor, que es la patria, sin amedrentar el pundonor sobre los medios, ¿acaso estandarte alguno ha nacido el más deseable?". Confabulan, me imagino, uno revestido de santidad, el otro execrado, envuelto en otra santidad -la del vituperio, y el pacto tan irreal se vuelve paradoja literaria: los biografiados escriben sobre la vida de Agustín Yáñez Delgadillo, nacido el 4 de mayo de 1904...

Como González Pedrero (también biógrafo extenso de Santa Anna), Reyes Heroles, Silva Herzog, en cierto grado Heberto Castillo y el mismo José Revueltas, en el otro lado del espectro político, pertenece a la estirpe de los escritores políticos -el vocablo es intencional, porque suena contradictorio en nuestros días conciliar la crítica de la pluma con la institucionalidad de la corbata. Pero Agustín Yáñez también es un escritor y un académico, un historiador y un filósofo. Resulta difícil un acercamiento a su personalidad sin ser convencidos por la obviedad de la biografía política. Ni siquiera una extrapolación de sus labores literarias, por muy íntimas que sean, puede establecer una conexión fehaciente con los hechos de su vida, precisamente por el carácter a veces contradictorio de su narrativa. Quizá por ello una biografía al alimón, como la hacen Santa Anna y Las Casas, pueda establecer un balance apropiado entre la mundanalidad y la idea, es decir, el acercamiento que Yáñez mismo hizo a sendos personajes en un reflejo tácito de sí mismo: queriendo descubrir el secreto en la seducción de la figura que describe; captarlo, hacerlo propio, lo que en él mismo, también -me atrevo a decir, se daba a veces por cuestionar o incluso anhelar, como cuando describe la personalidad de Santa Anna, encantador, o para ser más precisos, embrujador. él -Agustín Yáñez- que pecaba de formalidad, no podía -¿deseaba?- ser irresistible. Sí podía, en cambio, emular la piedad religiosa, cristiana, de Fray Bartolomé, defender a su pueblo a través de sus escritos y convertirse en un defensor de la legalidad (no sólo jurídica, sino cultural y gramática). Su narrativa trae luz sobre la 'mexicanidad', y en ese sentido es la mayor defensa de lo suyo, lo mexicano, porque le proporciona el derecho a existir por sí mismo. Somos mestizos, con todas las contradicciones que nuestro origen suponga, y hacia todas las naciones en que pongamos pie. Yáñez, como Las Casas, es un intelectual popular -no populachero- y hasta cierto punto, impersonal: su espíritu y encanto está presente en su obra más que en él mismo.

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Autor: Roberto Hoyos
En línea desde: 04.04.2007

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