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ética para Nicomaníaco

por Roberto Hoyos, 12 de mayo de 2006

Hubiera querido presentarte, querido Nicomaníaco, al buen Aristóteles en la forma en que yo lo aprendí: dándote una serie de sólidos argumentos y silogismos cuidadosamente estructurados. ése, al menos, fue el Aristóteles que conocí, un personaje barbado e impertérrito en alguna enciclopedia. Pero no lo haré, pues siento que las cosas han cambiado un poco en dos milenios como para ser tan doctrinario contigo: en lugar de leer un papiro esmeradamente conservado de alguna biblioteca estarás leyendo este ensayo arrugado rumbo a la escuela en el metro, o el autobús, para doblarlo de nuevo cuando te bajes y recuperes en algún momento del día, después de haber hecho tus actividades; mientras los antiguos se deleitaban con las historias de Homero, ahora Tolkien y el Señor de Los Anillos han acaparado la imaginación popular; y sobre todo te presentaré la historia de otra manera, porque, como tal como tú, yo experimenté el desconcierto de vivir en un lugar que no tiene, ni ha tenido, especial preocupación por las ideas: México sigue siendo un país en extremo místico y pragmático (dependiendo de la ubicación geográfica en que te encuentres), donde el bien y el mal son, convenientemente, cuestiones más allá del alcance humano. El providencialismo es especialmente difícil para quienes vemos en el hombre un potencial de perfeccionamiento, y no una tragedia con un argumento prefabricado, como también lo es desprendernos de los principios para buscar consecuencias prácticas... pero... "Aquí nos tocó vivir", reza la frase, querido Nicomaníaco. México es una paradoja dentro de las paradojas; un collage de cuadros delirantes. Míralo en las noticias: por un lado tienes al fenómeno EZLN como la resaca moral después de una noche de desenfreno, que acude desde la bruma del pasado, por otro tienes toda una cultura del narco, del modernos gángsters con sombrero vaquero, con alma de Robin Hoods y AK-47s.

Decía Aristóteles que el bien no era un fenómeno aislado. Depende del contexto y del tiempo. En realidad lo dibujó más como una lucha constante por querer ser 'virtuoso'. Me parece atinado que reflexionemos en la semántica del enunciado, después de todo dicen que los problemas filosóficos actualmente son meros problemas etimológicos. Aristóteles dice lucha, implicando que no hay garantía de éxito, a veces se ganan batallas y a veces se pierden. Ya sé que te aturdo mucho con mis divagaciones, hoy en día con tantos aparatos que nos hacen ahorrar tiempo pareciera que se volviera más escaso cada vez, pero comprenderás el por qué, mi querido Nicomaníaco, pues a todos nos gusta distinguir rápidamente entre villanos y héroes. Yo sé que te gusta el cine (¿a quién no?) te invito a que veas dos películas mexicanas, joyas del cine mexicano, la primera es de Luis Buñuel: Los Olvidados, la segunda es Los Hijos de la Calle. Ambas tratan de la sociedad marginada, que vive en la pobreza. Verás personajes que realizan cosas malas, pero que en el fondo son buenos, como buena es la lucha que tienen por dejar atrás un contexto que los ha orillado a actuar mal. Nada es absoluto, ni siquiera las acciones.

Seguro que habrás escuchado la historia de Robin Hood y el duque de Nottingham. Siempre fue un ladrón... que recompensaba a los pobres. ¿Fue malo? Según Aristóteles en cuanto el hombre sea consistente con un propósito noble no necesariamente es malo. Tan sólo cambiemos los nombres de los personajes: Hood por El-Señor-de-los-Cielos y el duque por el-procurador-de-la-república. ¿Te suena familiar? ¿Has escuchado hablar de Osiel Cárdenas? Seguro que sí, salió en las noticias que controla a su cártel desde prisión. Pues, ¿sabes que hizo en día de reyes? Regaló a los niños juguetes costosos y ropa, junto con una nota, que los invitaba a estudiar mucho para ser hombres de bien. En muchas regiones de Jalisco y Sinaloa hombres como él se convierten en la fuente de prosperidad de pueblos enteros: pavimentan calles, construyen hospitales y orfanatos y dan limosnas muy generosas a las iglesias. Pero han matado a sus familiares y roto una y mil normas tanto morales como jurídicas. Aberrante, ¿no te parece? Pero hacen canciones en su honor, viven la vida al mil por hora, tienen amantes hermosas y dinero para tirar. En lugar de ser vistos como anti-estereotipos son todo un modelo a seguir para muchos niños y esa es la realidad hoy. En algún momento de la historia también fue muy tenue la línea que separaba al guerrillero de libertador y asesino, por ejemplo, Villa antes y después de Obregón. O al hombre de Estado en tirano o marioneta, como Iturbide, por ejemplo. Supongo que se debe al tamaño del proyecto, pero eso es meternos en cosas de la polis.

¿Qué es esa palabrita? Sé que te preguntarás. ¿Y por qué me llamas Nicomaníaco? Es muy simple: desde el tratado de Westfalia (es decir, cuando por fin la tecnología permitió poder aglomerar ciudades y regiones extensas en lo que se conoce como Nación) hemos dejado de vivir en ciudades-estado como en la que vivió Aristóteles, para, en su lugar, ser regidos por un sistema que aplica desde Yucatán hasta Sonora. ¿Recuerdas que te dije que no somos un pueblo de ideas? Algo sobre esto escribió un sujeto llamado Aldous Huxley en Beyond the Mexique Bay. En nuestra historia encontrarás decenas de proclamas y manifiestos, justificaciones idealistas de la Independencia, o la Revolución, o los innumerables levantamientos del siglo XIX y principios del XX. Pero, al final, la lucha siempre fue un reacomodo. La Independencia nació para quitarse el yugo de España, cuando en realidad fue una lucha de clases: los pobres contra los ricos. Al final fue una lucha pactada, menos idealista. Santa Anna gobernó como tirano, presidente y alteza, ya sea federalista o centralista, conservador o liberal. "Que todo cambie para que no cambie nada." Sólo hubo uno que llevó la lucha del idealismo liberal con fanatismo religioso: Juárez. Pero no por ello su claridad de pensamiento era sólida: era dogma místico, que no estaba hecho para la realidad del país (ni lo fue en los años aciagos de la guerra Cristera, medio siglo después). Durante 70 años el PRI aglutinó a la "familia revolucionaria" para asegurar la democracia y el fin del militarismo: en realidad fue un convenio entre familia, una comunidad donde no se muere ni mata por las ideas, sino por conveniencia. Lenin y la Unión Soviética son el ejemplo de lo que pasa cuando se quiere llevar el idealismo al extremo. ¿Por qué te doy lecciones de historia, querido Nicomaníaco? En primer lugar porque esa historia es la que ha hecho a nuestro país ser como es, porque aunque no te des cuenta tú mismo no quieres decir lo que todo mundo sabe: que la virtud, aquí, es sobrevivir. México no ha tenido tiempo para pensar en ello: en un país donde los libros estuvieron proscritos durante trescientos años la única moral es aquella que nos ayude a sobrellevar nuestras penas. Para finales del siglo XX éramos una población, en más del 90%, católica.

Luego de este largo interludio, hablemos más sobre la polis: Aristóteles nos habla de las armoniosas relaciones que deben existir entre el individuo y el Estado. La ética en gran escala, que es un proceso dialéctico (Aristóteles no conoció a Hegel) donde nos perfeccionamos como hombres y sociedad. Quisiera hablarte de lo hermoso que sería realizar una ingeniería social sirviendo en la política. Pero esta palabra se ha desvirtuado. ¿Cómo podría convencerte, querido Nicomaníaco, si has aprendido a desconfiar y a defenderte de todo cuanto te rodea? Sales del metro desconfiado, a pesar de estar rodeado por muchas personas te sientes solo y te desconcierta cuando algún extraño te llama. En la polis de Aristóteles todos eran más o menos conocidos: hoy el anonimato es una característica de las ciudades. Temes del policía que está comiendo tacos en la esquina, temes del servidor público detrás del mostrador, temes cometer un error pues quedarás en manos de la burocracia. Sociópatas son los victimarios... y al resto del rebaño se les llama maniáticos, los que vivimos aquí. Ojalá estuviéramos en una sociedad como la que conocieron Jefferson o Tocqueville: donde el estado era una extensión de los lazos sociales, en la cual podían confiar. La tradición de cualquier país colonial (cualquiera, quizá, exceptuando Australia, Nueva Zelanda y Canadá) es de que el Estado es un obstáculo más. Existe y convivimos de mala gana con él. Pretendemos que obedecemos y él pretende que nos gobierna (¿o administra?) y todos calladitos. Sobrevivir es una cuestión donde se evaden los problemas lo más posible. Al contrario del mundo helénico, en México no es deseable sobresalir. ¿Has escuchado la parábola de las cubetas con cangrejos mexicanos y extranjeros? Si se es rico o bello se despiertan los recelos, las envidias. En un grado extremo la virtud (sobre todo aquella que es monetariamente retribuida) en México desemboca en el secuestro. La neurosis en que vivimos nos hace desconfiar de las instituciones, alabar héroes falsos y refugiarnos en lo que sea que nos brinde consuelo.

¿A qué Santo encomendarnos?, seguro te preguntarás, querido Nicomaníaco. De nuevo caes en la tentación de buscar las soluciones de arriba... para Aristóteles la ética sólo puede construirse a través de la voluntad, de nuestras acciones, extraviadas o intencionadas, de la elección interna, individual. La convicción de que "uno hace la diferencia" es un fenómeno que nació en la antigua Grecia, pero aquí en México, tal como en la lejana Asia, nos sentimos mejor si nos identificamos a un extenso grupo social: el cardumen. ¡Cuidado! No cometeré el error contigo, querido Nicomaníaco, de darte una receta para vivir tu vida. Aristóteles tal vez fue un sabio, pero estaba atrapado en su concepción helénica, de que sólo Grecia era la cúspide de la civilización y lo demás un mundo bárbaro sumido en las tinieblas. Me alegro de que Alejandro lo haya desoído. ¿Has leído el Siddharta de Herman Hesse? Te lo recomiendo mucho. Ahí encontrarás que el camino no está hecho, sino que lo más importante es que cada quien encuentre su destino. El maestro no enseña; sólo ayuda y guía.

Admiro a los griegos en que se sintieron con la confianza para vislumbrar al hombre como algo perfeccionable, y es cierto que el mundo de hoy es en gran medida su esfuerzo por crear un concepto más allá del mundo real, un ideal, y perseguirlo. Antes podían darse el lujo de ambicionar el conocimiento universal. Yo, siendo un hombre de ingeniería, no puedo menos que entristecerme por lo estrecho y profundo que se ha hecho el conocimiento. Existen carreras enteras para ser experto en la parte minúscula de una región de una sub-disciplina de ciencias altamente especializadas. Por ello elegir el propósito de nuestras vidas, como decía Aristóteles, es más difícil. Lo de hoy es que vivimos en una, de muchas verdades. Para los hombres como yo, estudiar la ingeniería es adentrarnos en un mundo donde estudiamos las cosas como son; no como quisiéramos imaginar que fueran. En este mundo no hay recompensas ni castigos, sólo consecuencias: existe un equilibrio, una inercia, y si buscas romper ese equilibrio, si ejerces una fuerza, debes esperar una reacción, resistencia y un desequilibrio. Es pura y simplemente, física. Así que dependerá de lo que tú quieras decidir, mi querido Nicomaníaco. Te dejo a ti la tarea de elegir... con cuidado. Ya sé que te dejo peor: te doy la completa responsabilidad de tus decisiones, y eso es una gran carga espiritual. Ya antes los hombres se han quejado de ese peso: existencialistas como Nietzsche y Sartre.

Ojalá pudiera seguir hablándote de Aristóteles y de los libros que conforman su ética, pero la verdad se encuentra allá afuera, mírala con ojos imparciales y no cometas la arrogancia de querer ponerlo todo de cabeza. Cuando jóvenes somos muy ágiles en nuestro juicio, pero el tiempo es una escuela de humildad. Que hoy los griegos sean la cúspide del pensamiento occidental es parte de un proceso más o menos fortuito donde Europa ha jugado un papel clave en revivirlos, primero en el Renacimiento, luego en la Ilustración, y claro, en el mundo posmoderno de hoy. Aristóteles llegó al estrellato, primero, porque fue el que dejó más constancia escrita; segundo, porque el mundo árabe y cristiano a la vez lo leyó y tradujo con admiración; tercero, por un hombre llamado Tomás de Aquino que lo catapultó como El filósofo, hasta bien entrado el Racionalismo, hace un par de siglos. Concluyo, Nicomaníaco, en que hay otros, pensadores más antiguos todavía, de tradiciones milenarias, que nos han dejado un legado precioso, y distinto: el budismo, por ejemplo, es negar la razón, los pensamientos y los instintos. Aquí en México somos viscerales, románticos, místicos o pragmáticos, pero no hemos sido nunca regidos por las ideas. Me pregunto si será prudente querer vivir bajo ellas ahora.

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Autor(es): Roberto Hoyos
En línea desde: 01.06.2007

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