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Aristóteles, Warhol y la modernidad

Decía Andy Warhol, personaje con un altar propio en la iconografía de la modernidad, que "la muerte realmente puede hacerte ver como una estrella". Se muere y mata por el aplauso. Nihilismo comercial llevado al extremo, es un escapismo plástico. En este mundo de individualismo irresponsable sólo caben los extremos. ¿El bien común? quince minutos de fama que son la expresión democrática por excelencia. Quince minutos en los que hay que dejar una impresión lo suficientemente despersonificadora como para trascender un par de minutos más; una droga que requiere dosis más fuertes cada vez. Y la mesura y el equilibrio de los deseos y la razón, tan pregonados por los antiguos... no son material que se encuentre en el celuloide. ¿Cabe la propuesta aristotélica en un mundo como el actual?

Aristóteles veía en el equilibrio la forma de asegurar la felicidad: debe educarse a los deseos para no ambicionar más allá de lo suficiente; se debe templar el alma contra el intempestivo arrebato de las pasiones y los instintos; debe poder establecerse un equilibrio entre las capas más profundas de nuestros cerebros y los refinamientos y rituales con los que debemos vivir diariamente. Debe, en suma, ser una vida de mesura y disciplina: de constante perfeccionamiento. Pero el perfeccionamiento de hoy no viene desde adentro; es dictado febrilmente desde fuera: por la ropa que 'debemos usar', por los bienes que 'debemos tener', por las amistades que 'debemos frecuentar', por las cosas que 'debemos hacer' para estar "in". Hoy por hoy no se premia la perfección que nace de la disciplina, sino cuántas hojas reúne un curriculum, con qué frecuencia se viaja a Europa, cuántos amantes por hora se tienen, de qué forma 'vivir una vida interesante' en el deporte extremo de huir del tedio de una vida horrorosamente normal.

Y sin embargo... nadie parece ser feliz. Tomamos vacaciones frenéticas, tenemos sexo virtual, compramos más objetos que llenen el vacío de nuestras vidas. Vivimos en la creencia de que la felicidad llegará por medios mágicos: las "adivinas del amor" y los "psíquicos de Walter" son un negocio que puede permitirse publicidad en televisión las 24 horas del día. Aristóteles se plantea cómo buscar la felicidad; pero la moral actual nos instruye en evadir la infelicidad. Nunca nos hace olvidar el sentimiento de culpa, pero nos otorga ciertas licencias: se nos ofrece medicamentos para mejorar la potencia sexual cuando ignoramos lo que es el amor; se nos ofrecen tratamientos mágicos para retrazar el envejecimiento mientras desperdiciamos la juventud en la búsqueda de algo tan absurdo como la realización profesional -¿quién dijo que era un fin en sí misma?; se nos invita a comer hasta el hartazgo cuando existen productos que nos harán "adelgazar con el mínimo esfuerzo", "Nada de ejercicios ni de dietas rigurosas", al tiempo que Kate Moss se convierte en una víctima de la anorexia. Al hombre le gusta emborracharse, desvelarse y arruinar su cuerpo. La disciplina del ejercicio es abominable. Al hombre común le gusta ver los espectáculos "en vivo y a todo color", talk shows con más lágrimas y drama. Parafraseando a Shakespeare, "Como el cuento de un idiota, lleno de sonido y furia... que no significa nada". Big Brother acapara 27 puntos de rating...

¿La belleza? Aristóteles y los griegos valoraban la estética armonía de hombres y mujeres, sobre todo aquella emanada de la juventud. Para Warhol es un commodity imprescindible y ubicuo que produce hartazgo: "Yo creo en la cirugía plástica". ¿Y la igualdad? Las falanges griegas en las que peleó Esquilo tenían jefes que eran "los primeros entre iguales". Al hombre de hoy le gustan los caudillos y villanos todopoderosos: el "efecto Fox", "Saddam el anticristo", todo o nada. Aristóteles veía el mundo en términos de equilibrio entre excesos y deficiencias: austeridad es la media entre el derroche y la mezquindad. El mundo de hoy considera como defecto la medianía: nombres como Niurka y López Obrador son reconocidos por amplios sectores de la población. Estar en el ojo del huracán trae popularidad: lo sabe Clinton, al que un escándalo sexual lo hizo el presidente más famoso de la Unión Americana.

Gianni Versace es asesinado, Lady Di muere en un túnel en Paris y Garry Kasparov es derrotado por Deep Blue... Antes de Gutemberg la información era un privilegio: ahora su existencia es de facto, pero la mayoría no sobrevivirá el próximo cierre de mercados. Viva la libertad de expresión: cada quien tiene el derecho a hacer pública su ignorancia. Ted Kaczynsky, el terrorista conocido como el unabomber confesó que la única forma de dejar una impresión más o menos duradera para su manifiesto era matando gente. Ese mar de información a lo que nos lleva es a la ignorancia: no por carencia, sino por exceso. Desconocemos lo que acontece a nuestro alrededor, y todo lo sabemos al minuto. Si en la calle somos entrevistados sobre algún acontecimiento político respondemos sin mayores titubeos. Estamos seguros de lo que sabemos y mucho más seguros de lo que ignoramos. Para Aristóteles la polis es un medio que ayuda a desarrollar nuestras potencialidades, en la cual participamos y de la cual somos responsables; para Warhol y la ética de consumo es meramente un mercado de cientos de miles de rostros homogéneos.

¿Qué haría el pobre Aristóteles en un mundo donde conviven el Hades y Olimpo? ¿Vivimos en el hedonismo total? No. Es la cultura del bondage, el equilibrio plástico se resume en una máxima simple: Britney Spears tiene cara de niña inocente y tentador cuerpo de súcubo; el Dalai Lama, líder de una comunidad que idealiza la humildad y abomina la vanidad, aparece en la portada del Times y People!. Los extremos, siempre los extremos. Aristóteles nos vende la razón como La cualidad humana (con mayúscula). Pero los alquimistas del marketing que crean necesidades del éter saben desde hace años que para ser más efectivo debe apelarse a los sentidos, vender una sensación, más que una idea: ya no se prefiere un producto sobre otro porque sea de "mejor calidad", sino porque nos hará ver más sexy, más dueños de la situación, más socialmente aceptados.

Para alcanzar la comunión con el todo el hombre puede buscar la iluminación a través de años de meditaciones, dominando sus deseos y perfeccionando su espíritu. Pero Buda dijo también que lo más cercano que el hombre común puede experimentar a estar en el nirvana es el orgasmo, un instante solamente. Vive l'égalité. El nirvana está muy lejos. El nirvana del hombre mundano se llama Disneylandia, o un lugar mágico en Nevada llamado las Vegas. Aristóteles se sentiría fuera de lugar, cuando menos. Las virtudes han dejado de ser un fin en sí mismas: son el medio para alcanzar valores que no son intrínsecos al individuo, como la fama y fortuna. ¿Dónde estarían tus discípulos, Aristóteles? Están en la montaña, viven en el retiro, no toman cafeína, escriben algún ensayo catilinario para la clase de valores. Pero no son mayoría.

Aristóteles es un genio reencarnado que vive entre nosotros: es un ingeniero en computación, buscando la secuencia de Pi... docente en una prestigiosa universidad, casado, esperando se le conceda un crédito para un Jetta 2003, llevando a sus hijas todos los días a la escuela... duerme poco. Cada dos meses llega el recibo de la luz y cada mes el del teléfono. "¿Quién llamó de larga distancia? Austeridad es llamar para lo indispensable; no 30 minutos colgada de la línea para hablar con el novio..."

¿Existe la mesura? ¿Es deseable? Que el discurso actual nos llame al ahorro de los recursos, a bañarnos en 5 minutos, a lavar el auto con una cubeta, a usar focos ahorradores, a reutilizar el papel para salvar árboles... no es indicador de que se realcen los valores positivos de la mesura; es una advertencia velada de que de todos modos pronto no tendremos más opción que educarnos en la cultura del reciclaje y el ahorro. ¿Qué valor ético puede tener una moral que se construye sobre un pragmatismo descorazonador? Pobre Aristóteles, la moraleja nada tiene que ver con el cuento: se es mesurado por necesidad, no por convicción. La felicidad en este mundo terrenal es un fenómeno accidental, que depende más de la suerte, de una secuencia de números afortunada, de un juego piramidal, de una lotería de suma cero.

La educación ética está extraviada... está tan lejos del hombre común, perdida en las altas esferas del idealismo... para que el hombre la digiera ha venido acompañada de la espada. Hoy es la amenaza de guerra, el encarcelamiento, el alza de impuestos, el aumento del precio de la gasolina, el SIDA, el embarazo no planeado, China entrando al comercio global. Ayer fue la quema de brujas, el infierno dantesco, la peste bubónica, el castigo de dioses en extremo caprichosos, Robespierre guillotinando nobles a diestra y siniestra... El miedo a envejecer es el sostén del imperio Unilever; el temor al prójimo el de las empresas de seguridad; el temor obsesivo al fracaso orilla a miles de personas al suicidio en países como Japón, en universidades como CalTech, en instituciones como la familia de clase media; el temor al rechazo y la indecisión generan ganancias pingües para tarotistas, médiums, astrólogos y charlatanes de primera línea. Dicen que el temor fue lo que hizo al hombre crear a los dioses... Así que ese gran partero que es el miedo ha creado la mitad de la moral, la otra es del desenfreno: Marte y Venus, Ares y Dionisio...

En Times Square Marx de color rojo es pop, pero un Nietzsche en azul es pycho, y Beauvoir de blanco algo inverosímilmente retro. Che Guevara es un personaje simpático que aparece en las playeras. El precio que hay que pagar por el eclecticismo express de una ética "profundamente superficial" es alto: Diógenes sería un hippie viviendo en una combi, y pregonaría el amor y la paz al tiempo que toma coca-cola light pero, cínico al fin, llevaría una raída camiseta con el slogan "I luv NY". ¿Y la academia moderna? Se llama Studio54. La modernidad desacraliza. Quien haya visto la película Blood for Drácula (también llamada Andy Warhol's Dracula) entenderá los fundamentos que hacen del cine plástico algo tan atractivo: vomitar con un smoking puesto es una imagen delirante, pero en última instancia, es el argumento mismo de la cultura actual: la destitución intelectual y el desamparo emocional siguen siendo fundamentalmente los mismos desde que el hombre dormía en las cuevas hasta el día en que usa prendas de seda y come con cubiertos. La modernidad es una religión donde se asciende a la categoría de santo a través de la muerte: un papa agonizante genera puntos de rating, pero es más romántica cuando la muerte ocurre en la juventud, y qué mejor si es arrebatada: Lennon recibe una apoteosis de 5 tiros; Kurt Cobain muere antes de cumplir cuarenta, ¿asesinado? ¿suicida?; Guevara es mártir en Bolivia, casi cuarenta, asesinado; Morrison una promesa inconclusa, sobredosis, 27 años; Hendrix, 28 años; Janis Joplin, 27; Marilyn Monroe, 36 años, Freddy Mercury algo tarde: muere a los 45, SIDA. Warhol no andaba errado cuando afirmaba que la muerte equivale al estrellato.

La sobriedad ha perdido su aura de encanto. ¿Quién vende más entradas, Los Miserables o Aventurera? ¿Liberace o Sinatra? El mundo de hoy no gusta del descafeinado. No vivimos en un sistema donde todo tienda al equilibrio: todo aparece como blanco y negro. El 'mundo libre' vs. 'los demás', y no hay términos medios. La globalización es polarización. El único problema con la modernidad es que se fastidia con gran velocidad, y cambia de altares tan caprichosamente, que corremos el peligro de que Aristóteles pueda volverse chic. Para algunos mejor que permanezca lejano, maestro de eruditos aristócratas; a que como Platón en manos de la iglesia, se convierta en moral para el pueblo. Al final de un ensayo más o menos sobrio, quizá convenga replantear la pregunta. En lugar de un "¿cabe Aristóteles en el mundo actual, en el mundo de Warhol?" la pregunta más bien sería "¿debería caber en un mundo actual?". Aristóteles... en el nombre trae inscrita cierta ironía: aristos -para unos pocos.

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Autor: Roberto Hoyos
En línea desde: 14.06.2006

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